Los celos

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El mayor enemigo de la confianza son "los celos". El fantasma de los celos es una falla que mina la relación. Si los celos son fundados porque uno de los miembros de la pareja está siendo infiel, no queda más remedio que plantar cara a la situación. Nadie merece migajas de amor.

Hay que analizar si ha sido una infidelidad puntual. Hablarlo y pensar si estamos dispuestos a dar otra oportunidad.

Si la infidelidad es reincidente, el mejor camino es cortar por lo sano. Por muy dramático que pueda parecer en principio, todos tenemos capacidad de rehacer nuestras vidas y no debemos someternos a vejaciones por miedo a la soledad. No hay nada más triste que la soledad en compañía por empeñarnos en amar a alguien que no nos ama.

Si, por el contrario, son celos infundados, tenemos que reflexionar sobre qué nos está pasando para desconfiar constantemente de nuestra pareja. La mayoría de las personas que sienten celos injustificados tienen un problema de baja autoestima. Se valoran tan poco que piensan que su pareja les puede sustituir por otro/a más joven, más guapo, más inteligente, mejor situado económicamente, mejor amante... Cuando alguien está contigo es, en primer lugar, porque lo mereces y, en segundo lugar, porque te quiere por ser tú, con tus defectos y tus virtudes.

Si el fantasma de los celos enturbia tu relación, trabaja tu autoestima y confía en tu pareja. Ponte en su lugar y piensa cómo te sentirías si fueras acusado constantemente de hacer cosas que no haces. Seguramente, te sentirías dolido y ofendido.

A veces, los celos no van dirigidos a otras posibles parejas, sino a otros miembros del grupo familiar (madres, padres, hijos, hermanos). El planteamiento viene a ser parecido al que me hizo en su día Paz, una hermosa joven periodista de profesión, que tenía celos de su suegra. Ángel, su marido, perdió a su padre cuando tenía 9 años. Su madre había sacado adelante a él y a sus tres hermanos. Ángel admiraba mucho a su madre, una mujer fuerte y cariñosa. Al principio, a Paz le gustaba que Ángel fuera un buen hijo, pero, con el tiempo, llegó a pensar que su suegra era más importante que ella.

Este tipo de rivalidades son perjudiciales para la relación. Es patético poner a una persona en el trance de tener que escoger entre su madre y su esposa. Si algo tenemos ilimitado, es la capacidad de amar.

Uno puede querer mucho a sus padres y eso no restarle ni un ápice de afecto a su pareja porque son calidades de amor diferentes. Yo pongo el ejemplo con colores: el amor hacia la pareja puede ser rojo; hacia los hijos, verde; hacia los padres, rosa, y a los amigos, azul. Nuestra capacidad de amar es como un amplio arco iris en el que el rojo no resta al verde, ni el verde al azul. Tenemos un rinconcito de nuestro corazón para cada persona a la que amamos.

Es lógico que, en momentos, dediquemos más tiempo y energía para unos que para otros en función de las necesidades vitales. Hemos de abandonar las actitudes infantiles de querer ser siempre y en todo momento el centro del universo del otro.

 
Margarita Rojas 

 
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