El Duelo

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Para todos supone un gran shock enfrentarnos con la muerte de un ser querido. En primer lugar, porque la  muerte en sí es algo difícil de asimilar, a pesar de que todos tenemos la certeza de que tarde p temprano toda vida llega a su fin. En segundo lugar, porque cuando muere alguien querido sentimos una inevitable estela de vacío y dolor.

Ahora bien, si elaboramos adecuadamente el duelo, esta dura experiencia nos hará más fuertes y provocará un crecimiento interior. Por el contrario, si no seguimos unos canales adecuados, el duelo se convertirá en patológico y desestructurará  nuestras vidas.
Veamos, pues, cómo realizar un duelo de forma constructiva.
Tras la muerte de un ser querido se suele pasar por diferentes fases:

1. Negación
2. Rabia
3. Depresión
4. Aceptación

1. En la fase de negación, literalmente nos cuesta creer que esa persona ya no estará más con nosotros. Lo menos perjudicial en estas ocasiones es enfrentarnos cuanto antes a la realidad. No es conveniente huir con fármacos que obnubilan nuestro estado de ánimo para sumirnos en una especie de estupor que, en muchas ocasiones, nos impide llorar. Tengamos en cuenta que el llanto del duelo es un auténtico bálsamo para el alma.
Por lo mismo, es aconsejable acudir al rito de despedida que supone el velatorio y el entierro. Estos ritos son universales y tan antiguos como el ser humano. Suponen una parte importante de la aceptación de la pédida y nos ayudan a compartir nuestro dolor con el apoyo de amigos y familiares.  

Por ejemplo, hay una tribu de una isla del Pacífico que e encuentra en un estadio primitivo cuyos miembros siguen este rito. Cuando fallece uno de ellos, se rapan el pelo, lloran y entierran al difunto con todas sus posesiones en un lugar cercano al grupo, porque piensan que, durante un tiempo, el muerto permanece cerca de sus seres queridos y , por lo tanto, necesitará sus cosas. Cuando el pelo les vuelve a crecer, aproximadamente un año después, hacen una gran fiesta en la que desentierran las posesiones del muerto, que son repartidas (heredadas) entre los miembros de la tribu, y despiden al ser querido, que en ese momento abandona la tribu para unirse con sus antepasados en un lugar paradisíaco lleno de paz y alegría.

También es importante enfrentarse en un tiempo prudencial (dependerá de cada persona) al espacio compartido anteriormente con el fallecido. No es conveniente huir del domicilio durante más de tres semanas, máximo un mes.

Tampoco es conveniente dejar de hablar del ausente. Recuerdo una ocasión en la que una joven viuda acudió a la consulta preocupada por el cambio radical de actitud que había sufrido su hijo mayor. Tras el fallecimiento de su padre, el chico, antes hablador y dicharachero, se había vuelto callado y taciturno. Desde la muerte de su marido, ella no9 se permitía nombrarle ni llorar delante de sus hijos. Mi consejo fue que se permitiera llorar y hablar de él, dando, de este modo, permiso a sus hijos para hacer lo mismo. En poco tiempo, el chico volvió a ser el de siempre.

No obstante, aunque se respete la memoria del fallecido, lo mejor es no convertir la casa en un altar ni hacer de él un mito. Asumir que era una  persona con sus virtudes y sus defectos, que era un ser que, en ocasiones, nos hacía reir y, en otras enfadar, que lo amábamos en su totalidad, con sus cosas buenas y malas.

Algunas culturas desarrollan un rito muy reconfortante: días después del fallecimiento, se reúnen varias personas par4a hablar del difunto, se cuentan anécdotas, se ríe y se llora, pero básicamente se comparten las diferentes visiones que se tenían de él, haciéndole único en el recuerdo. Este rito es francamente saludable y yo lo propongo siempre a los familiares y los amigos, y lo suelen encontrar entrañable y reconfortante.

2. La fase de rabia está caracterizada por frases como : ¿ Por qué le ha pasado esto a mi (padre, hijo, hermano, amigo...)?. Este tipo de reacción  es  proporcionalmente más aguda en función de a edad del fallecido.
  Para todo es más fácil aceptar la muerte de un anciano (por mucho que lo quisiéramos) porque entendemos que ya había hecho todo su recorrido vital. Sin embargo, la muerte de personas jóvenes nos impacta, desconcierta y nos llena de rabia. Lo mejor que podemos hacer con esta  rabia es expresarla. Aunque no encontremos respuestas, es lícito que demos rienda suelta a nuestros sentimientos que, una vez exteriorizados, se irán aplacando poco a poco.

3. En la fase de depresión, lo más importante es no dejarnos llevar. Es duro tener que iniciar la vida después de la pérdida, acostumbrados a vivir sin esa persona. Pero por cada persona que hemos perdido hay otras muchas que viven y nos necesitan.

Es inútil lamentarnos de lo que habríamos tenido que hacer para que el ausente hubiera sido más feliz. Piensa en lo que sí puedes hacer con los que ahora están vivos y comparten tu vida.

Esto fue lo que le dije a la mujer que llamó diciendo que desde el fallecimiento de uno de sus hijos no había vuelto a salir a la calle; "Tus otros hijos están vivos y te necesitan; si no reaccionas, ellos pensarán que al único que querías es al que murió".

Si algo nos enseña la muerte es a no dejar para mañana lo que puedas hacer hoy.

Si lamentas no haberle dicho al difunto cuánto le querías y lo importante que era para ti, no sigas cometiendo el mismo error: di a las personas que quieres lo valiosas que son para ti.

Si lamentas no haber hecho esto o aquello, compartiéndolo con el que ya no está, hazlo y compártelo con quienes todavía viven cerca de ti.

4. De este modo, llegará la fase de aceptación y te convertirás en una persona más humana y vital

El luto es una muestra externa del dolor que se suele traducir en vestimenta negra y la renuncia de determinadas actitudes. En nuestro país, hemos pasado de hacer unos lutos rigurosos y prolongados en años a tener que estar en pocas semanas como si nada hubiera pasado. De nuevo, los extremos son perjudiciales: ni aquellos encierros que convertían a los dolientes en muertos en vida, ni tener que aparentar que no ha pasado nada. Lo más saludable es que cada cual se tome el tiempo necesario para ir haciendo una vida normalizada.

Por último, quiero dirigirme a ti que estás sufriendo ahora la pérdida de un ser querido. Me gustaría que aprendieras a pensar que esta persona sigue y seguirá viva en tu corazón y que, en lugar de centrarte  en la pérdida, consideraras  que ha sido un regalo compartir un tiempo de tu vida con ese ser tan querido.


Margarita Rojas

Para más información "Adiós tristezas" de Margarita Rojas y Elisabeth Kübler-Ross.

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